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El inesperado adiós a más de un cuarto de siglo del viejo café San Sebastián

Cieza.es | 14 de enero de 2021 a las 11:53

El tiempo pasaba lentamente en las últimas tardes navideñas, sobre todo si uno se dejaba llevar y contemplaba el deambular de la gente sin saber, probablemente, que el San Sebastián tenía los días contados. Flotaba como una idea de resistencia entre los clientes de este emblemático establecimiento, como si estuvieran a la espera de algo sobrenatural que salvara al café. Como en esas películas en las que llega el indulto en el último momento. Pero los vecinos, ajenos a los problemas económicos que está ocasionando la pandemia en la hostelería, seguían con los gestos de siempre: los sorbos del cortado o la conversación reposada junto a una copa. Echó el cierre porque no podía afrontar el alquiler y así se acabaron tantos años de una cafetería inenarrable, que fue de todos los ciezanos.

Más de un cuarto de siglo de apertura continuada. El local es mucho más antiguo. El amplio interior, de una cuidada ambientación, era también un espacio acogedor, que tenía algo de café a la antigua: mesas numerosas y casi siempre ocupadas, camareros amables y atentos. Uno se apoyaba en la barra, sonreía a la camarera, contemplaba los carteles, láminas y vitrinas que le rodeaban y se regalaba los oídos con música española. Pero lo que daba carácter al San Sebastián era su clientela, sobre todo la vespertina, la de siempre: personas de todas las edades, solas o en grupo. Sólo en el pequeño patio se mezclaban sin manía los fumadores con los no fumadores. El café era también el lugar donde a veces se tomaba la última copa con los amigos mientras hablaban de coger la luna con un lazo, como en las películas de Fran Capra.

En las tardes de Viernes Santo o Domingo de Resurrección no cabía un alfiler en el local y se amontonaba la clientela en la puerta para acceder a él. Los coches que se adentraban por la calle se veían obligados a abrirse paso entre el gentío. El primer dueño del negocio atendía al nombre de Juan Salinas, que no dudó en bautizarlo con el sobrenombre de 'Centro social de relaciones humanas'. Y es que en algunos de sus parroquianos uno podía detectar los síntomas de la auténtica felicidad. Como ese grupo de colegas, por ejemplo, que había conseguido, por fin, reencontrarse después de muchos años. O esas chicas que cantaban la canción de moda entre la concurrencia. ¿Y el amor? También el San Sebastián fue un lugar para citas amorosas. Y es que ha sido testimonio directo y silencioso del devenir de sus gentes.

"Te ahorro describirte los días en los que hemos desalojado el local. Puedes figurártelos: hemos sacado todo lo que había, incluidos los recuerdos. Estuvimos bien en este sitio", comentaba Carlos Yagual en un amago de conversación que se producía este domingo. Estos días y por primera vez en los diecinueve años que llevaba trabajando, Yagual tuvo que cerrar las puertas. Emblema de la calle que lo acogía y escenario de las más curiosas historias, con el tiempo se había convertido en un lugar de cita obligada, favorable a la charla y a la socialización. Cierra un café, y pasa como alguien a quien no se podrá ver jamás. Alguien cuyo turno acabó. La memorización de la castiza San Sebastián pierde otro referente. Una manera como cualquiera de endurecer las calles y desdibujar el imaginario ciezano.